Remembrando la vida profesional de Diego Uribe Vargas y su impacto intergeneracional

noviembre 10, 2017

Por: Fabián Augusto Cárdenas Castañeda PhD

Miembro ACCOLDI

Profesor Titular de Derecho Internacional Ambiental de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano

Conocí a Diego Uribe Vargas en el año 2002 cuando tuve la fortuna de tenerlo como mi Profesor de Derecho Internacional Público en la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia. En ese momento, detrás de un señor Bogotáno ya mayor, destacado en cuanto a su apariencia por la extrema elegancia, gran porte y calidez, pude conocer no solo a un intelectual que parecía saber muchísimo sobre Derecho Internacional, sino a un verdadero maestro, que con su característica amabilidad y cordialidad mostraba su interés no solo por enseñar una materia sino por formar juristas y nuevas generaciones de internacionalistas. Y sí que fue efectiva su enseñanza, hoy en día me dedico de lleno al Derecho Internacional gracias a la mentoría que entonces me diera el profesor Uribe Vargas, o de como a él le gustaba que lo llamaran sus amigos, Diego, a secas.

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Fotografía tomada de diegouribevargas.com

Cuando atendí este curso de Derecho Internacional Público en la Universidad Nacional en realidad no era totalmente consciente de la magnitud de personaje que estaba al frente del auditorio, aunque podía hacerme una idea por las experiencias cotidianas de clase. Entonces, solo tenía la noción de lo que era evidente a mi simple percepción. Un hombre con gran conocimiento, que casi siempre podía enseñar el Derecho Internacional en primera persona, ya que sus experiencias ilustraban los fundamentos del Derecho Internacional; esto debido a que en muchas ocasiones actuó a nombre del Estado, firmó tratados, intervino en la solución de controversias, etc. También me llamaba la atención que llegaba casi una hora antes de sus clases a fin de poder conversar con cualquier estudiante que quisiera hablar con él acerca de temas jurídicos, no sin evitar saludar calurosamente tanto a sus colegas en la Universidad, como a porteros, administrativos y personas del servicio de aseo y mantenimiento. Es sin duda una persona con un gran don de gentes abierto a los eruditos, estadistas e intelectuales, pero también a las personas más sencillas y humildes. Una de las primeras cosas que me impresionó fue su capacidad para establecer diálogos a diversos niveles.

Ahora que lo pienso en retrospectiva entiendo que la imagen tan diversa, compleja y enriquecida de este experimentado profesor que dictaba clase magistralmente sin tan siquiera tener una simple nota en sus manos, era sin duda el reflejo de todas sus experiencias en la vida pública y académica. Un intelectual que había pasado por casi todos los cargos públicos en el Estado y que había acumulado publicaciones y conferencias por diversos lugares del mundo, no puede más que generar esta imagen de alguien, que como se dice coloquialmente, estaba posicionado más allá del bien y del mal, lo cual era evidente en su semblante absolutamente tranquilo y reposado.

Diego Uribe Vargas sin duda nació para hacer lo que alcanzó en su vida profesional. Probablemente su cargo público mas representativo fue el de Ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, el cual ejerció entre 1978 y 1981. No obstante, es claro que este fue solo el resultado de toda una trayectoria en el Estado, que comenzó como líder estudiantil en contra del régimen de Rojas Pinilla, pero que incluyó puestos como el de Juez Municipal, Diputado de Cundinamarca, Secretario de Gobierno de Cundinamarca, Jefe de Delegación ante diversas versiones de la Asamblea General de la ONU en Nueva York, Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara, Senador de la República y Gobernador de Cundinamarca, entre otros. Así, su notable y recordada gestión como Canciller y luego como Embajador en Francia, no son sino el producto de su conocimiento profundo de Nación desde diversas perspectivas. Diego Uribe Vargas es un publicista que conoce así el Estado desde las labores más sencillas y procedimentales hasta la gestión de la alta dirección.

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Fotografía tomada de diegouribevargas.com

Aunque su gestión en la diplomacia es extensa, hay ciertas causas que lo caracterizan hoy en día. En 1980, Diego Uribe Vargas escribió “El Libro Blanco de la República de Colombia”, el cual es un análisis profundo de las relaciones fronterizas de Colombia con Nicaragua y que constituyó la primera defensa férrea que realizó el Estado colombiano de su soberanía ante las pretensiones territoriales y marítimas de Nicaragua, y que ya entrado el siglo XXI se han venido ultimando a través de los casos que ha conocido la Corte Internacional de Justicia al respecto. En el Libro Blanco, y en toda su carrera diplomática y luego académica, Diego Uribe defendió a capa y espada la santidad del Tratado Esguerra-Bárcenas de 1928, así como su naturaleza de tratado de límites entre Nicaragua y Colombia; de este modo, también defendió la soberanía de Colombia sobre San Andrés, Providencia, Santa Catalina y las demás formaciones mencionadas en el Tratado, así como el hecho de que el Meridiano 82 constituía en efecto el límite marítimo entre los estados.

Por otro lado no solo está su papel protagónico como Canciller en la negociación eficaz con el grupo guerrillero colombiano M19 luego de que en 1980 se tomaran por la fuerza la Embajada de República Dominicana en Bogotá (alcanzando la solución del conflicto y la liberación de los retenidos), o la firma del Tratado Uribe Vargas – Ozores que le daría los últimos y actuales derechos que tiene Colombia sobre el Canal de Panamá, sino su defensa de las 200 millas náuticas de mar territorial en diversas conferencias del mar, así como múltiples y nobles causas por la integración regional en América Latina y la vigencia de los derechos humanos en los Estados latinoamericanos.

Con los anteriores antecedentes, no es tampoco una sorpresa porqué fue uno de los más distinguidos miembros de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 que redactó y aprobó la Constitución Colombiana que aún hoy se encuentra vigente. El Profesor Uribe Vargas fue uno de los 70 constituyentes elegidos por elección popular. Particularmente enfocó sus esfuerzos en la Comisión Primera sobre principios y derechos con un especial énfasis en la redacción de la Carta de Derechos Fundamentales. Sin lugar uno de sus principales logros fue el establecimiento del actual artículo 33 de la Constitución colombiana que reza: “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. La Paz como un Derecho Fundamental no solo fue totalmente novedoso en Colombia, sino que sentó un precedente, como directriz y punta de lanza para las constituciones latinoamericanas. De hecho, es gracias a este artículo constitucional que hoy se pueden adelantar todos los avances en el vigente Proceso de Paz Colombiano.

Como constituyente y aún desde décadas atrás en su posición de Senador, también había apoyado causas como la creación del ombudsman, o lo que actualmente se conoce como el Defensor del Pueblo, las elecciones populares a todo nivel de la administración pública en Colombia, el voto a partir de los 18 años de edad, la eliminación de cargos vitalicios en el Estado, y la inclusión de los Derechos Humanos en el diseño constitucional.

Luego de la aprobación de la Constitución Colombiana de 1991 también hizo parte de la Comisión Especial Legislativa, también llamada por la opinión pública como “Congresito”, conformada por 36 miembros elegidos por la Asamblea, que se encargaba de ejercer funciones legislativas en el periodo de transición hacia la instalación del nuevo Congreso. Sin duda un hito en la historia legislativa colombiana.

Pero Diego Uribe Vargas no se quedó en estas magnificas representaciones estatales, sino que siempre se preocupó por llevar los debates al campo de la docencia y la investigación, así como hacia la socialización de los debates en múltiples sociedades académicas.

Es importante rescatar que por décadas ejerció la cátedra de Derecho Internacional en la universidad pública –donde lo conocí-. También fundó la actual Facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano y ejerció como profesor visitante en una multiplicidad de universidades nacionales e internacionales. Pero también vale la pena destacar su participación activa en diversas sociedades académicas, dentro de las que a manera de ejemplo se pueden citar las academias de historia, jurisprudencia, de la lengua, en Colombia, como su rol en el prestigioso Curatorium de la Academia de Derecho Internacional de La Haya, el Comité Científico del Instituto de Estudios sobre Derechos Humanos de Trieste, el Comité Científico de la Academia Europea de Ciencias, Artes y Letras de Paris, y el Instituto Hispano Luso Americano de Derecho Internacional de Madrid.

De su paso por salones de clase y academias alrededor del mundo han quedado cincuenta y un publicaciones dentro de las que se encuentran libros y artículos escritos en español y francés, en Colombia y en el exterior, que abordan diversos temas de gran relevancia para el derecho internacional pero dentro de los que se destaca un especial interés y pasión por los derechos humanos, particularmente la tercera generación de los derechos, incluyendo la paz, el medio ambiente y el desarrollo, así como el derecho del mar, la Antártida, el diferendo Nicaragua-Colombia, y la modernización del Estado a través de las precitadas profundas reformas constitucionales, con un especial énfasis en el referéndum como un espacio de reforma para el pueblo, e igualmente la creación de un defensor de derechos humanos para los ciudadanos, o institución del ombudsman. En este aspecto es bien significativo mencionar que su última obra fue el libro “Derecho Internacional Ambiental” publicada en 2010 por la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, y de la cual tengo la alegría, privilegio y orgullo de ser coautor. Al respecto, él siempre ha recalcado que si bien los derechos humanos fueron el tema de mayor protagonismo de la última parte del siglo XX, el siglo XXI tendría que dar un giro hacia el medio ambiente, ya que de él no dependían simples debates de alternativas jurídicas, sino la misma existencia de la humanidad. De hecho, el medio ambiente trazó el inicio de su carrera académica, ya que su padre, Gustavo Uribe, fue un acérrimo defensor del árbol en décadas donde todo esto era puro progresismo, marcando así sus etapas más tempranas, pero también ha sido la última de sus piezas académicas.

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Finalmente, quiero concluir que el Doctor Diego Uribe Vargas, está engalanado de decenas de distinciones y condecoraciones que son apenas símbolos de sus diversos logros en la vida pública y académica, dentro de las cuales se encuentran, la Cruz de Boyacá y otras cuantas en Colombia, la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica en España, la Gran Cruz de la Orden de la Bandera de Yugoslavia, el ser Gran Oficial de la Legión de Honor de Francia –una de sus favoritas- u otras tantas por Europa y Latinoamérica; a esto se le sumaban los diversos títulos que fue adquiriendo y con lo cual lo identificaban como el de Ministro, Canciller, Embajador, Senador, Constituyente, Doctor, entre otros. Sin embargo, algún día, mientras me encontraba trabajando para el en París ante una reunión ordinaria del Curatorium de Derecho Internacional de La Haya, le pregunté cuál de todos estos títulos y condecoraciones era el que más le llenaba de orgullo luego de haber disfrutado a lo largo de su vida de tantísimos honores, y él me respondió con su cálida sonrisa: “sin lugar a dudas, el de Profesor”.

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